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COVID-19 y Medio Ambiente: el reto de sentarnos y reflexionar

Higueras S. Marcelino
Abril 2020

La relación de las pandemias, el medio ambiente y biodiversidad lamentablemente no son hitos contemporáneos, al contrario, dejaron huellas históricas y saldos nefastos de pérdidas humanas y consecuencias en las economías. Sin embargo, el escenario de adversidad, provocada por el COVID-19, quizás sea el más duró por la particularidad de que excede a las capacidades de respuesta de los sistemas de salud y economías de los países. Por otro lado, este duro golpe, una vez más reta a las sociedades en repensar los modos y formas de vida, a eso que hemos llamado “normalidad”. Por ello, desde el punto de vista ambiental y ecológico, quizá podría ser una oportunidad histórica de cambios para mejor en la relación hombre – naturaleza.

Medio ambiente y COVID-19

En los últimos años, los países de mundo han discutido los modelos de producción y la crisis planetaria ambiental en los denominados espacios de Conferencias de las Partes (COPs), promovida desde las Naciones Unidas (ONU). Estos encuentros internacionales al parecer solo se han convertido en ciclos viciosos de excesivos gastos y “compromisos”, que la mayoría de las veces han sido incumplidas. Sin ir lejos, en el contexto de la COP-25 que debía desarrollarse en diciembre de 2019 en Chile, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) reiteraba que una nueva enfermedad infecciosa emerge en los humanos cada cuatro meses y el 75 % proviene de animales.

Ahora bien, las Naciones Unidas (NN.UU) ha definido al COVID-19 como una pandemia sanitaria mundial y, con una fuerte relación, con la salud de nuestro ecosistema, el cambio climático y los cambios provocados por el hombre en la naturaleza, así como, los crímenes que perturban la biodiversidad, como la deforestación, el cambio de uso del suelo, la producción agrícola y ganadera intensiva o el creciente comercio ilegal de vida silvestre, que pueden aumentar el contacto y la transmisión de enfermedades infecciosas de animales a humanos llamados enfermedades zoonóticas.

En este sentido, el COVID-19 expone la interdependencia, la fragilidad y la vulnerabilidad del ser humano, debilidades que quizá en los mismos países “desarrollados” pensaron que habían superado. Paradójicamente, no se puede decir que se desconocía de los riegos, porque la Plataforma Intergubernamental Científico-normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES), en su informe de 2019, destacó que un millón de especies están en peligro de extinción y que entre las causas indirectas estarían la dinámica demográfica, la expansión permanente del sistema económico no sostenible, incluyendo formas de producción y consumo, fallas en las instituciones y la gobernanza, conflictos y, finalmente, las epidemias.

Como si fuera poco la Organización Mundial de la Salud (OMS) recuerda que en el 2010 se declaró el Año Internacional de la Diversidad Biológica y una de las principales premisas fue: “preservar nuestra salud mediante la protección de la biodiversidad”.

¿La necesidad de repensar para bien?

Entre una dicotomía de ¿soy o no soy culpable?, desde un nivel individual a nivel colectivo, aparentemente las sociedades de todos los países comprendemos lo vulnerable que somos ante los riesgos de salud, que involucra la degradación de los ecosistemas y los impactos en la biodiversidad. Por ello, sería poco creíble que existan personas que no conozcan sobre la extinción de alguna especie o de biodiversidad y sus mediatos impactos en los ecosistemas.

Sin embargo, hay que reconocer que el mismo hombre ha desarrollado habilidades para disimular la extinción y encargarse de comunicar que es algo común. En este sentido, el reto es repensar desde la ciudadanía y cuestionarnos una vez más sobre lo que entendemos por “bienestar del ser humano”. Pero esta vez con la particularidad de que la gente aprende a ver eso de una manera ruda.

La oportunidad del debate y mejorar los cambios en el tipo de desarrollo humano, quizá está en nuestras manos, y no es complejo reconocer que la salud humana depende en última instancia de los bienes y servicios de los ecosistemas como el agua, los alimentos las fuentes de combustibles etc.

Por último, lo que vemos que está pasando con el petróleo y sus precios en medio de la pandemia, debería ser una oportunidad para una transición a una economía menos extractivista y pensar en un nuevo pacto social, donde pasemos de una visión antropocentrista a una donde el planeta se vuelva el centro de nuestras decisiones.

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